El miedo a nuestra libertad

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¿Quién no siente miedo? Hay tantas clases de miedo. Miedo a la soledad, al compromiso, al fracaso, al éxito, al abandono, a las tormentas,… pero en el fondo de todo esto, un único miedo: el miedo al dolor. Porque pensamos en términos de felicidad e infelicidad, pero se reduce a placer y dolor. Pensemos  en las situaciones que nos producen placer … ¿a que sí?… pues no son tan distantes al otro extremo. Es delicada la línea, que separa el placer del dolor. Y yo que lo escucho en tantas personas te lo puedo asegurar. Nos movemos en la fragilidad, en la imperdurabilidad de nuestras emociones.

Un día creemos haber encontrado la paz que necesitábamos y otro nos podemos ver naufragando en la desolación y, para eso no hace falta ser un bipolar, como mucha gente piensa. Sólo no creer en la capacidad humana de controlar nuestras emociones. Sólo hace falta rendirse a  las sensaciones. Y fíjate, que hacerlo para el placer es hasta necesario, no se puede gozar controlando todo el tiempo, pero el dolor tiene el apoyo de lo aprendido, de lo inevitable. Nos han enseñado desde bien niños y, si crees que no, discútemelo y posiblemente crezcamos con ese debate, que hemos venido a este mundo a sufrir. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente, parirás con dolor…” y otras lindezas semejantes, que no son exclusivas ni responsabilidad única de las religiones, sino de la necesidad de control de unos seres humanos sobre otros.

Porque si tú eres feliz, no me necesitas y necesito sentirme necesitado. Porque si el ser humano, como especie se reconoce y pone en práctica su capacidad de libertad y felicidad…¿qué pasaría? Tal vez no necesitara de gurús, ni de guías espirituales, ni de médicos, abogados, psicólogos (y no es por tirar piedras sobre mi propio tejado). O tal vez, simplemente ya no fuera tan manipulable, ejerciera su derecho a ocupar el lugar en el mundo para el que ha nacido, como heredero de la naturaleza que lo cobija, pero sin esclavitudes hacia nadie. Ni grupos, ni individuos que tengan que salvarle el cuello.

La religión, la ciencia, … tratan de darnos respuestas, de explicar un mundo. Un mundo en constante cambio. Un mundo que cada uno de nosotros tiene la capacidad de comprender y explicar desde su propia perspectiva. Y no me parece mal, espero no dar esa sensación, emplear estas y otras posibles explicaciones sobre nuestra realidad, siempre que utilicemos nuestro criterio. Nuestra libertad para no dogmatizar con ello, ni imponer nuestro propio punto de vista. La libertad para escoger y para hallar placer donde escogimos antes sentir dolor.

Pero, tampoco pretendo afirmar que el dolor no exista o que debamos desterrarlo de nuestra vida. Sólo digo, que no es ese camino único que se han empeñado en ofrecernos. Que no es inevitable y que no depende de lo externo, sino de nuestra propia y personal percepción. Que es cuestión de elección, aunque una elección que hay que trabajar cada día, que hay que entrenar, igual que el deportista que entrena y moldea sus músculos, la respuesta de su esqueleto y su masa muscular, para convertir en placer lo que en un comienzo era dolor.

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